Hay personas que cada día sostienen el dolor de otras.
Escuchan historias difíciles, acompañan crisis, contienen vulnerabilidades, abren espacios para que otros puedan ordenar lo que sienten y recuperar algo de confianza. Muchas veces lo hacen con una entrega enorme, con sensibilidad, con vocación y con una capacidad admirable para estar disponibles ante la necesidad ajena.
Pero en medio de ese gesto tan valioso aparece una pregunta que no siempre nos atrevemos a mirar: ¿qué pasa con quienes cuidan?, ¿qué huella deja en ellas y ellos acompañar durante mucho tiempo el dolor de otras personas?, ¿cómo se sostiene quien sostiene?
En el último capítulo de Radio tejeRedes Play conversamos con Jaime Droguett sobre este tema: cuidar a quienes cuidan. Y la conversación nos dejó una intuición muy clara: el cuidado no puede seguir pensándose solo como una disposición individual. Necesita convertirse también en cultura, en estructura y en corresponsabilidad organizacional.
Porque cuidar también desgasta
No siempre lo hace de forma evidente. A veces empieza como cansancio acumulado, como dificultad para concentrarse, como irritabilidad, como insomnio, como distancia emocional, como una sensación persistente de estar apagando fuegos. Otras veces aparece como culpa por necesitar parar, como frustración por no llegar a todo, como deseo de aislarse o como una desconexión lenta del propósito que antes nos movilizaba.
Cuando estas señales no se escuchan, el desgaste se normaliza. Se vuelve parte del paisaje. Empezamos a decirnos que "este trabajo es así", que "siempre hay urgencias", que "hay que guantar", que "descansar sería no estar suficientemente comprometidos". Y poco a poco la organización puede terminar confundiendo compromiso con sobrecarga, vocación con sacrificio, colaboración con disponibilidad permanente.
Ahí aparece una de las claves más importantes de la conversación: el autocuidado es necesario, pero no basta. Jaime lo expresó con fuerza: cuidar de sí mismo es deseable, pero que una organización cuide a quienes cuidan no es solo deseable, es un deber.
Una organización que acompaña a personas en situaciones de vulnerabilidad, pero no cuida a sus propios equipos, pone en riesgo su propia misión. No solo se agotan las personas: también se erosiona la calidad del acompañamiento, se debilitan los vínculos internos y se vuelve menos sostenible el trabajo en el tiempo.
Por eso no basta con decirle a alguien "cuídate". Tampoco basta con esperar que las vacaciones reparen lo que la cultura organizacional sigue dañando durante todo el año. El cuidado necesita espacios, límites, conversaciones, supervisión, escucha, mediación cuando hace falta, claridad de roles y una distribución real de las cargas.
Aprender a dejarnos cuidar
Pero también hay otro movimiento igual de importante: aprender a dejarnos cuidar.
Muchas veces quienes cuidan tienen una gran capacidad para detectar las necesidades de otras personas, pero una menor capacidad para reconocer las propias. Y cuando las reconocen, suelen postergarlas. Pedir ayuda puede sentirse como una falla. Decir "no puedo más" puede vivirse como una amenaza al propio rol. Poner límites puede despertar culpa. Mostrar vulnerabilidad puede parecer peligroso.
Sin embargo, dejarnos cuidar también es parte de una cultura colaborativa.
No se trata de depender de otros ni de renunciar a nuestra responsabilidad personal. Se trata de reconocer que cuidar es un camino de ida y vuelta. Yo necesito cuidarme, pero también necesito permitir que otros me cuiden. Necesito registrar mis límites, pero también necesito que la organización los respete. Necesito aprender a escuchar mi cuerpo, pero también necesito espacios donde lo que me pasa pueda ser dicho sin miedo ni juicio.
En esa ida y vuelta aparece una distinción muy hermosa: cuidar no es desaparecer en el dolor del otro. Colaborar no es fundirse con el grupo hasta dejar de escucharse. Acompañar no significa perderse de sí.
Podemos estar con el otro sin dejar de estar con nosotros mismos. Podemos escuchar una historia difícil y, al mismo tiempo, preguntarnos qué está pasando en nuestro cuerpo. Podemos comprometernos con un propósito sin convertirnos en héroes o heroínas que lo sostienen todo. Podemos ser parte de una comunidad sin dejar de reconocer nuestras propias necesidades.
Volver al centro
Quizás ese sea uno de los aprendizajes más profundos: para cuidar mejor, necesitamos volver a nuestro centro.
Jaime propuso una práctica sencilla y poderosa: parar, respirar y hacer un pequeño chequeo interno. ¿Cómo está mi cuerpo? ¿Qué emoción aparece? ¿Qué estoy necesitando? ¿Qué señal estoy desoyendo? ¿Estoy realmente presente o voy corriendo como si no tuviera cuerpo? A veces, ese gesto de treinta segundos puede devolvernos a un lugar más honesto desde donde actuar.
Porque el cuerpo suele avisar antes que la mente. La mente dice "hay que seguir"; el cuerpo dice "necesito descansar". La mente dice "esto es urgente"; el cuerpo dice "necesito respirar". La mente dice "no puedo fallar"; el cuerpo dice "necesito apoyo".
Escuchar esas señales no nos hace menos profesionales. Nos hace más humanos. Y desde ahí, también más capaces de acompañar sin rompernos.
Una cultura de cuidado real
Una cultura de cuidado real no es aquella donde siempre las mismas personas sostienen, contienen, resuelven y cargan. Es aquella donde el cuidado se distribuye, donde las personas pueden pedir ayuda, donde los límites no se castigan, donde los conflictos no se dejan pudrir en silencio, donde existen espacios seguros para hablar de lo que duele y donde nadie tiene que demostrar su compromiso agotándose.
Cuando una organización cuida a quienes cuidan, no solo protege a sus equipos. También cuida su propósito, su calidad de servicio, su sostenibilidad y su tejido humano. Porque cuando una persona se rompe, no se rompe sola: se resiente el equipo, la confianza, la misión y la red completa.
Tal vez por eso esta conversación nos deja una pregunta abierta, sencilla y profunda:
¿Cómo nos estamos cuidando mientras cuidamos?
Y quizá también otra:
¿Qué necesitamos aprender para cuidarnos, cuidar y dejarnos cuidar?
Porque el cuidado no debería ser una carga solitaria. Puede ser una práctica compartida. Una forma de organizarnos. Una señal de madurez colectiva. Una huella colaborativa que nos recuerda que ninguna persona debería romperse para que otras estén bien.
Cuidarnos para cuidar mejor no es un lujo. Es una condición para sostener organizaciones más humanas, más lúcidas y más vivas.
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