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26.5.26

Cuando quedarse empieza a doler: propósito, límites y colaboración en las organizaciones

 Hay momentos en la vida organizacional en los que algo empieza a moverse por dentro. No siempre aparece como una crisis evidente. A veces llega como cansancio, incomodidad, ironía, pérdida de iniciativa o una sensación difícil de nombrar: algo de lo que antes me vinculaba con este lugar ya no resuena igual.


En el último capítulo de Radio TejeRedes Play conversamos con Israel Sánchez sobre ese dilema tan humano: qué hacer cuando el propósito personal empieza a distanciarse del propósito de la organización. Esa pregunta que muchas personas se hacen en silencio: ¿me quedo o me voy?

Pero quizá la conversación nos invitó a mirar algo anterior a la decisión. Antes de salir o permanecer, conviene detenerse a observar qué se ha roto, qué no se ha cuidado y si todavía existe posibilidad de reconstruir la relación entre la persona, el equipo, la organización y el propósito compartido.

Porque la desconexión rara vez aparece de golpe. Se va acumulando en pequeños gestos, en dobles discursos, en ritmos insostenibles, en decisiones verticales dentro de organizaciones que dicen creer en la participación, en espacios que hablan de cuidado pero normalizan el desgaste, o en proyectos que declaran trabajar por el bien común mientras miden todo desde la productividad.

Ahí empieza el ruido. Y cuando el ruido no se escucha, se convierte en distancia.

El malestar no siempre es individual

Ese malestar no puede leerse solo como un problema individual. Muchas veces expresa tensiones organizacionales más profundas: entre lo que se declara y lo que se practica, entre los valores personales y los valores reales del sistema, entre el propósito escrito y las formas cotidianas de organizar el trabajo.

Israel proponía mirar este dolor desde distintos planos. Lo que siento y valoro como persona. Lo que hago y cómo trabajo. La forma en que nos tratamos como equipo. Y las estructuras que sostienen —o bloquean— la colaboración: roles, poder, salarios, procesos, indicadores, toma de decisiones. Cuando estos planos chocan, algo empieza a desalinearse.

Y no siempre hay un culpable claro. A veces hay sistemas de valores distintos, momentos vitales diferentes, necesidades que cambiaron o formas de entender el compromiso que ya no coinciden. El dolor, entonces, no necesariamente viene a decir "vete ya". A veces viene a pedirnos una pausa más profunda.

Permanecer o salir no debería ser una decisión tomada desde el impulso, el enfado o el miedo. Antes hace falta distinguir entre hechos, interpretaciones, emociones y necesidades. No es lo mismo decir "esta organización traiciona sus valores" que reconocer "hay una distancia entre lo que declaramos y algunas prácticas que estamos sosteniendo". El lenguaje crea realidad, y la forma en que nombramos el dolor puede abrir o cerrar posibilidades.


Por eso, una parte importante del camino es mirarnos también a nosotras y nosotros mismos. No para culpabilizarnos, sino para ampliar la mirada. ¿Qué parte de esto toca algo innegociable para mí? ¿Qué parte podría conversarse? ¿Qué necesito cuidar? ¿Qué conversación no he tenido todavía?

Entre el límite y la posibilidad

Hay situaciones donde irse puede ser un acto de cuidado y coherencia. Cuando se vulnera la dignidad, cuando hay abuso, discriminación, faltas de respeto reiteradas o daños que no se reconocen, salir puede ser necesario para proteger la vida.

Pero quedarse tampoco tiene por qué ser resignación. Puede ser una decisión honesta si todavía existen espacios reales de conversación, si la organización reconoce la tensión, si hay voluntad de revisar prácticas y si la persona siente que tiene energía para participar en ese proceso de transformación.

La clave no está solo en quedarse o irse, sino en desde dónde lo hacemos. Quedarse desde el miedo puede apagarnos lentamente. Irse desde la rabia puede dejar heridas abiertas. Quedarse desde el compromiso puede abrir cambios. Irse desde la claridad puede permitir que los caminos se separen sin romperse del todo.

También apareció en la conversación una idea importante: el propósito no es una frase fija para toda la vida. Cambia con nuestra historia, con nuestras condiciones, con nuestras necesidades y con nuestros momentos vitales. A veces idealizamos el propósito como si siempre debiera existir una alineación perfecta entre lo personal y lo organizacional. Pero esa perfección no existe.

Quizá en ciertos momentos no necesitamos el trabajo soñado, sino un lugar donde podamos hacer bien nuestro trabajo, aprender, sostenernos, vincularnos con buena gente y seguir cultivando habilidades. Eso también puede ser legítimo. No toda desconexión exige una salida inmediata. A veces pide rediseñar roles, revisar ritmos, abrir conversaciones pendientes o aceptar que una etapa cambió.

Lo que no se conversa también organiza

Cuando todavía hay posibilidad de reconstrucción, no basta con hacer una jornada bonita sobre valores. Reconstruir propósito compartido exige revisar los supuestos sobre los que trabaja la organización. Tal vez creemos que todas las personas entienden lo mismo por propósito. Tal vez pensamos que hay participación solo porque existen reuniones. Tal vez asumimos que no hay conflicto porque nadie lo nombra.

Pero lo que no se conversa también organiza. Y muchas veces organiza desde abajo: en forma de silencio, desconfianza, ironía, cansancio, rotación o pérdida de energía.

Por eso, cuidar el propósito compartido implica cuidar las conversaciones que lo sostienen. Implica abrir espacios donde se pueda hablar no solo de tareas, indicadores y resultados, sino también de cómo estamos, qué nos pesa, qué nos inquieta y qué necesitamos transformar para seguir caminando con sentido.

Una organización colaborativa no se reconoce solo por lo que declara. Se reconoce por su capacidad de escuchar sus tensiones, revisar sus prácticas y crear condiciones para que las personas no tengan que elegir entre pertenecer y apagarse.

Decidir desde una escucha más honesta

Quizá la pregunta, entonces, no sea únicamente "¿me quedo o me voy?". Quizá antes necesitamos preguntarnos qué está intentando decirnos esa incomodidad. Qué parte del propósito se perdió. Qué conversación falta. Qué vínculo aún puede cuidarse. Qué límite ya no puede seguir cruzándose.

A veces quedarse será el camino. A veces irse será el cuidado necesario. Y a veces lo más importante será no decidir desde la prisa, sino desde una escucha más honesta de lo que está ocurriendo en la persona, en el equipo y en la organización.

Porque cuando algo deja de resonar, no siempre estamos ante el final. A veces estamos ante una invitación profunda: detenernos, mirar la huella que estamos dejando y abrir la conversación que todavía no nos hemos atrevido a tener.

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