Hay personas que llegan a una organización con una forma distinta de mirar. No siempre traen un plan cerrado ni una gran propuesta bajo el brazo. A veces llegan con una intuición, una pregunta o una sensibilidad capaz de ver posibilidades donde otras personas solo ven procedimientos, costumbres o formas instaladas de hacer.
Pero no siempre esa creatividad encuentra lugar.
En el último capítulo de Radio tejeRedes Play conversamos con Felipe "Pipe" Rojas, coordinador de Espacio Al Alimón, un proyecto comunitario en Madrid que trabaja desde la cultura, el encuentro y el acompañamiento a personas en situación de vulnerabilidad. La conversación abrió una pregunta profundamente humana y organizacional: ¿qué pasa cuando una persona intenta aportar algo nuevo y la organización no sabe cómo recibirlo?
Pipe planteaba una idea clave: la creatividad no está solo en el resultado, sino en el proceso. Una idea se vuelve creativa cuando entra en relación con otras personas, cuando se pone en diálogo, cuando acepta confrontarse y transformarse. Desde ahí, la creatividad no es un acto solitario. Es un proceso relacional.
Quizás por eso incomoda tanto.
Porque toda relación real implica riesgo. Un encuentro que no transforma nada puede ser amable, pero difícilmente será fecundo. El vínculo afecta. Y si afecta, también puede abrir una fisura. Puede mover algo que parecía estable. Puede mostrar una diferencia que estaba escondida. Puede revelar que lo que llamábamos equilibrio era, en realidad, una forma de evitar conversaciones necesarias.
Muchas organizaciones dicen valorar la innovación, pero solo mientras no toque sus zonas de control. Celebran la creatividad cuando sirve para mejorar un producto, diseñar una campaña o resolver un problema puntual. Pero cuando esa creatividad cuestiona una forma de decidir, una jerarquía, una cultura de trabajo o un modo de mirar a las personas, entonces aparece el miedo.
Y cuando el miedo gobierna, la organización se vuelve preventiva en el peor sentido: evita el diálogo para evitar la fisura. Cierra espacios para no exponerse al desequilibrio. Prefiere conservar lo que funciona antes que arriesgarse a descubrir algo que todavía no entiende.
La creatividad suele habitar esos lugares no del todo definidos: las zonas grises, las orillas, los espacios donde el rol formal no alcanza para nombrar todo lo que una persona puede aportar. En una organización, los roles son necesarios. Ayudan a coordinar, cuidar responsabilidades y dar forma al trabajo común. Pero cuando los roles se vuelven jaulas, la creatividad empieza a asfixiarse.
No basta con tolerar a la persona creativa. Acoger la creatividad significa reconocer que en esa persona puede haber un don, una sensibilidad, una capacidad de ver donde otras personas no están viendo. Y al mismo tiempo, significa invitarla a dialogar, a dejarse conducir, a poner su intuición al servicio de algo que no sea solo "su" idea.
Porque también existe una creatividad que puede volverse imposición. Una creatividad que no escucha, que no se deja transformar, que quiere que la organización adopte su propuesta sin proceso. Por eso la creatividad colaborativa no consiste en imponer una novedad, sino en abrir una conversación donde lo nuevo pueda transformarse con otras personas.
Desde tejeRedes podríamos decir que ahí se juega una tensión central entre Ego y Eros. El Ego quiere controlar, defender, demostrar o proteger su lugar. El Eros, en cambio, permite dejar aparecer. Permite que el otro exista como legítimo otro. Permite que una diferencia no sea inmediatamente vivida como amenaza, sino como posibilidad de vínculo, aprendizaje y creación.
Cuando una organización reprime la creatividad, muchas veces no está reprimiendo solo una idea. Está protegiendo un miedo: miedo a perder control, miedo a equivocarse, miedo a que una persona vea algo que otras no vieron, miedo a que el proyecto se desordene.
Pero Pipe nos recordaba algo importante: el miedo no es exclusivo de quienes controlan. También la persona creativa tiene miedo. Miedo a no ser comprendida, a que su aporte no tenga valor, a ser leída como conflictiva, a quedarse sola con una intuición que todavía no sabe cómo explicar.
Por eso la confianza es tan decisiva. Una confianza que permite decir: "quizás no te entiendo del todo, pero veo que aquí hay algo; avancemos, conversemos, probemos". Esa confianza no elimina el riesgo, pero lo vuelve habitable.
Uno de los ejemplos más bellos que compartió Pipe fue el de Espacio Al Alimón: una librería que se convierte en lugar de encuentro improbable. Jóvenes que quizá no habitarían una librería por sus urgencias vitales se vuelven sujetos activos de un espacio cultural. Vecinos que entran a comprar un libro se encuentran con historias que no esperaban. La estética cambia la mirada. El lugar modifica la relación. Y donde antes podía haber prejuicio, aparece vínculo.
Eso también es creatividad organizacional: cambiar el lugar para que cambie la mirada. Crear condiciones para que personas distintas se encuentren sin quedar reducidas a una etiqueta.
Entonces, ¿qué pierde una organización cuando reprime la creatividad?
Pierde posibilidades. Pierde vida. Pierde personas. Pierde ese soplo que permite que algo siga respirando. Puede creer que recuperó el control, pero tal vez solo cerró la puerta a una transformación necesaria.
Porque cuando una persona creativa se va, no se va únicamente una idea. Se va una sensibilidad. Se va una forma de leer el mundo. Se va una pregunta que quizás nadie más se estaba atreviendo a hacer.
Y la organización queda más ordenada, sí. Pero quizá también más pobre.
A veces la creatividad incomoda porque toca una herida.
Pero también puede ser la puerta por donde una organización vuelve a respirar.
.png)

.png)
.png)