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24.7.26

Decidir sin tener todas las respuestas

 ¿Qué hace un equipo cuando nadie tiene la respuesta correcta? Es la pregunta de fondo detrás de muchos equipos que no toman decisiones: no les falta inteligencia ni compromiso, les falta un marco para decidir cuando la certeza no está disponible.

Esa es la pregunta que abrimos en un nuevo episodio de Radio tejeRedes Play, en conversación con Marisol Menéndez y María G. Picatoste, integrantes de WITH, sobre cómo navegar la complejidad y la incertidumbre cuando nadie conoce de antemano la respuesta.

La conversación estuvo atravesada por una idea central:En un mundo complicado buscamos personas expertas. En un mundo complejo construimos relaciones.


Los desafíos complejos cambian mientras intentamos comprenderlos. Involucran múltiples actores, conocimientos incompletos, intereses diferentes y consecuencias difíciles de anticipar. Por eso, no siempre pueden resolverse desde una sola disciplina, una única organización o una persona que dirige desde arriba.

Marisol distinguió entre caos, incertidumbre y complejidad. El caos aparece cuando no logramos reconocer el patrón que organiza una situación. La incertidumbre surge cuando no podemos anticipar el resultado de una acción. La complejidad, en cambio, se relaciona con la cantidad de elementos interdependientes que necesitamos comprender y desenredar progresivamente.

No distinguir estas situaciones puede llevarnos a aplicar más control cuando necesitamos explorar, más velocidad cuando necesitamos observar o más procedimientos cuando necesitamos escuchar.

Reconocer que no sabemos también es una capacidad

Uno de los principales obstáculos para decidir en la complejidad es la creencia de que una persona competente debería tener respuestas. Esta expectativa pesa especialmente sobre quienes ocupan posiciones de liderazgo.

Decir "no sé", pedir ayuda o reconocer que un desafío excede nuestra experiencia puede sentirse como una señal de debilidad. Sin embargo, en entornos complejos, asumir el límite del propio conocimiento es el comienzo de una inteligencia más amplia.

El "yo sé que no sé" no supone renunciar a la responsabilidad. Significa abandonar la ficción de la autosuficiencia para abrirnos a otras perspectivas, experiencias y saberes.


De la planificación cerrada a la experimentación

Cuando no podemos anticipar todas las variables, tomar decisiones se parece menos a seguir una ruta perfectamente trazada y más a navegar.

Esto exige avanzar mediante ciclos breves: observar, decidir, probar, recoger información, aprender y ajustar. La decisión deja de ser una apuesta definitiva y se convierte en una hipótesis que entra en contacto con la realidad.

Experimentar no significa improvisar sin criterio. Requiere propósito, límites, responsabilidad y capacidad de aprendizaje. La pregunta ya no es únicamente cuál es la solución correcta, sino cuál es el siguiente paso que podemos dar para comprender mejor el sistema sin ponerlo todo en riesgo.



Del egosistema al ecosistema

En este contexto, la colaboración deja de ser un valor deseable y se convierte en una necesidad estratégica.

Un ecosistema se construye cuando personas y organizaciones diferentes conservan su singularidad, pero juntas generan más valor del que podrían producir por separado. Para ello no basta con reunir muchas voces: necesitamos diversidad real, confianza y capacidad para pasar de la conversación a la acción.

Cuando un equipo no logra tomar decisiones y queda atrapado en las mismas discusiones, quizá no necesite seguir conversando entre las mismas personas, sino incorporar oxígeno: una experiencia distinta, otro conocimiento o una mirada capaz de cambiar la pregunta.


Liderar sin tener todas las respuestas

El liderazgo que necesita la complejidad no es el del héroe solitario que decide y resuelve todo. Se parece más a una labor de orquestación: conectar capacidades, distribuir información y responsabilidades, crear condiciones para experimentar y establecer límites claros.

Distribuir liderazgo no significa diluir la responsabilidad ni convertir cada decisión en un consenso infinito. Significa combinar jerarquía y redarquía según el tipo de decisión, el conocimiento disponible y sus posibles consecuencias.

Tal vez no estemos esperando claridad porque seamos incapaces de decidir. Quizá estamos esperando una certeza que el mundo complejo ya no puede ofrecernos.


La pregunta, entonces, no es solamente quién tiene la respuesta, sino:

¿Qué relaciones necesitamos construir para poder observar, experimentar y decidir mejor en conjunto?


Artículo elaborado a partir de la conversación de Radio tejeRedes Play con Marisol Menéndez y María G. Picatoste. Si esta reflexión te resuena, podés seguir explorando la Huella Colaborativa en play.tejeredes.net.

✅ Esta publicación fue revisada con ayuda de inteligencia artificial para mejorar la redacción y facilitar su comprensión. Sin embargo, no reemplaza las ideas ni lo que deseamos expresar


6.7.26

Cuando el equipo habla pero no decide: lo que la Huella Colaborativa revela

 

La Huella Colaborativa es un proyecto de investigación desarrollado por tejeRedes y la Florida Universitáría- Grupo INSONI (Valencia)

¿Qué se rompe en un equipo cuando todo se conversa, pero nada se decide?

Hay equipos donde todo se habla.
Se abren reuniones, se escuchan opiniones, se toman notas, se revisan matices, se pide una ronda más, se acuerda volver a pensarlo. A primera vista, podría parecer una organización muy colaborativa. Pero algo no avanza.

Las conversaciones se repiten. Las decisiones se aplazan. Las personas salen de las reuniones con una sensación difícil de nombrar: estuvimos juntas, hablamos mucho, incluso nos escuchamos… pero seguimos en el mismo lugar.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿Estamos esperando claridad o estamos evitando hacernos cargo?

Esperar no siempre es prudencia

Porque no toda espera es prudencia. A veces esperar es necesario. Hay decisiones que requieren observar mejor el contexto, escuchar voces que no han sido incluidas y cuidar el impacto sobre las personas. Decidir sin mirar puede ser una forma de daño: se actúa rápido, pero se deja al sistema pagando las consecuencias.

Pero también existe otro daño, más silencioso: la decisión que nunca llega.

Cuando un equipo conversa todo, pero no decide nada, algo empieza a romperse. No siempre de golpe. No siempre con una crisis visible. Se rompe en pequeños gestos: en la pérdida de energía, en la ironía que aparece al final de una reunión, en la frustración de quienes empujan, en el cansancio de quienes esperan y en la desconfianza de quienes empiezan a sentir que participar no sirve.

La deuda que nadie registra

La falta de decisión también deja huella.

A veces creemos que no decidir mantiene abiertas las posibilidades. Pero muchas veces ocurre lo contrario: no decidir cierra entusiasmo, cierra confianza, cierra disponibilidad y cierra futuro.

Un equipo que no decide no se mantiene neutral. Se va llenando de deuda.

Deuda de conversaciones pendientes. Deuda de responsabilidades no asumidas. Deuda emocional. Deuda organizacional. Y tarde o temprano alguien la paga.

La pagan las personas que sostienen lo que nadie quiso ordenar. La pagan quienes necesitan una respuesta para avanzar. La pagan quienes sienten que su tiempo fue usado para conversar, pero no para transformar. La paga también el propósito, que empieza a quedar atrapado en una niebla amable donde todo parece importante, pero nada se vuelve prioritario.

Colaborar no es hablar indefinidamente

En muchas organizaciones, la conversación se confunde con colaboración. Pero colaborar no es hablar indefinidamente. Colaborar también es decidir cómo avanzar, quién se hace cargo, qué se va a probar, qué se deja de hacer, qué se cuida y qué riesgo estamos dispuestos a asumir.

Una conversación que nunca toca la acción puede convertirse en una forma elegante de evasión.

Y no porque las personas no quieran aportar. Muchas veces ocurre todo lo contrario. Hay compromiso, sensibilidad y deseo de hacerlo bien. Pero también hay miedo: miedo a equivocarse, miedo a imponer, miedo a perder legitimidad, miedo a que alguien se sienta fuera, miedo a que decidir rompa el clima del equipo.

Entonces se abre otra reunión. Y otra. Y otra. Hasta que la colaboración empieza a parecer una sala de espera.

En contextos de incertidumbre y extrema complejidad, este riesgo se vuelve aún mayor. Cuando el camino no está claro, la tentación de esperar certezas absolutas puede ser muy fuerte. Queremos más información, más datos, más garantías, más consenso. Pero las organizaciones vivas rara vez ofrecen claridad completa.

A veces decidir no significa tener razón. Significa formular una hipótesis de acción.

Probamos esto. Observamos. Aprendemos. Ajustamos. Volvemos a decidir.

Eso no es improvisar. Improvisar es actuar sin leer el sistema. Paralizarse es pretender leerlo todo antes de actuar. Entre ambos extremos hay un lugar más maduro: construir criterio suficiente para avanzar sin romper la confianza.

Decidir en red: el malentendido más frecuente

Ahí aparece una distinción importante: decidir en red no significa que todas las personas tengan que decidirlo todo, todo el tiempo.

Ese es uno de los grandes malentendidos de la colaboración. Creer que para ser colaborativos todas las decisiones deben pasar por todas las personas. Pero cuando todo requiere la validación de todo el mundo, el sistema se vuelve lento, pesado y agotador.

La red necesita conversación, pero también necesita roles. Necesita escucha, pero también responsabilidad. Necesita apertura, pero también foco. Necesita participación, pero también capacidad de cierre.


Lo que la Huella Colaborativa revela

Desde la mirada de la Huella Colaborativa, la toma de decisiones es una zona sensible porque muestra cómo está funcionando realmente una organización. No basta con decir que somos horizontales, participativos o colaborativos. Hay que observar cómo decidimos cuando aparece la presión.

¿Quién habla?
¿Quién calla?
¿Quién tiene poder real?
¿Quién carga con las consecuencias?
¿Qué decisiones se postergan porque incomodan?
¿Qué conversaciones se repiten porque nadie quiere cerrar?

La forma en que decidimos revela la cultura más que cualquier declaración de valores.

La valentía de hacerse cargo

Porque quizás el desafío no sea tener siempre mejores respuestas, sino aprender a decidir mejor cuando las respuestas todavía no están completas.

Tal vez la pregunta no sea solo qué decisión debemos tomar.

Tal vez la pregunta sea otra:

¿Qué se está rompiendo en nuestro equipo mientras seguimos esperando claridad?

A veces la organización no necesita otra reunión.

Necesita una conversación honesta sobre lo que no se está queriendo decidir.

Y necesita, sobre todo, la valentía de hacerse cargo.


2.7.26

la creatividad necesita acogida: Lo que una organización pierde cuando deja de acoger lo nuevo

Hay personas que llegan a una organización con una forma distinta de mirar. No siempre traen un plan cerrado ni una gran propuesta bajo el brazo. A veces llegan con una intuición, una pregunta o una sensibilidad capaz de ver posibilidades donde otras personas solo ven procedimientos, costumbres o formas instaladas de hacer.

Pero no siempre esa creatividad encuentra lugar.

En el último capítulo de Radio tejeRedes Play conversamos con Felipe "Pipe" Rojas, coordinador de Espacio Al Alimón, un proyecto comunitario en Madrid que trabaja desde la cultura, el encuentro y el acompañamiento a personas en situación de vulnerabilidad. La conversación abrió una pregunta profundamente humana y organizacional: ¿qué pasa cuando una persona intenta aportar algo nuevo y la organización no sabe cómo recibirlo?

Pipe planteaba una idea clave: la creatividad no está solo en el resultado, sino en el proceso. Una idea se vuelve creativa cuando entra en relación con otras personas, cuando se pone en diálogo, cuando acepta confrontarse y transformarse. Desde ahí, la creatividad no es un acto solitario. Es un proceso relacional.

Quizás por eso incomoda tanto.

Porque toda relación real implica riesgo. Un encuentro que no transforma nada puede ser amable, pero difícilmente será fecundo. El vínculo afecta. Y si afecta, también puede abrir una fisura. Puede mover algo que parecía estable. Puede mostrar una diferencia que estaba escondida. Puede revelar que lo que llamábamos equilibrio era, en realidad, una forma de evitar conversaciones necesarias.

Muchas organizaciones dicen valorar la innovación, pero solo mientras no toque sus zonas de control. Celebran la creatividad cuando sirve para mejorar un producto, diseñar una campaña o resolver un problema puntual. Pero cuando esa creatividad cuestiona una forma de decidir, una jerarquía, una cultura de trabajo o un modo de mirar a las personas, entonces aparece el miedo.

Y cuando el miedo gobierna, la organización se vuelve preventiva en el peor sentido: evita el diálogo para evitar la fisura. Cierra espacios para no exponerse al desequilibrio. Prefiere conservar lo que funciona antes que arriesgarse a descubrir algo que todavía no entiende.


Pero no todo lo que no entendemos es desorden. A veces lo que no entendemos es simplemente una forma nueva de vida intentando aparecer.

La creatividad suele habitar esos lugares no del todo definidos: las zonas grises, las orillas, los espacios donde el rol formal no alcanza para nombrar todo lo que una persona puede aportar. En una organización, los roles son necesarios. Ayudan a coordinar, cuidar responsabilidades y dar forma al trabajo común. Pero cuando los roles se vuelven jaulas, la creatividad empieza a asfixiarse.


Esto no significa negar la importancia del orden. No se trata de convertir la organización en una improvisación permanente. Se trata de reconocer que el exceso de control puede matar aquello que quería cuidar. Una organización necesita estructura, pero también porosidad. Necesita acuerdos, pero también espacios donde algo inesperado pueda ser escuchado. Necesita roles claros, pero también confianza para que alguien pueda decir: "he visto una oportunidad aquí".


Ahí aparece una de las claves de la entrevista: la creatividad necesita acogida.

No basta con tolerar a la persona creativa. Acoger la creatividad significa reconocer que en esa persona puede haber un don, una sensibilidad, una capacidad de ver donde otras personas no están viendo. Y al mismo tiempo, significa invitarla a dialogar, a dejarse conducir, a poner su intuición al servicio de algo que no sea solo "su" idea.

Porque también existe una creatividad que puede volverse imposición. Una creatividad que no escucha, que no se deja transformar, que quiere que la organización adopte su propuesta sin proceso. Por eso la creatividad colaborativa no consiste en imponer una novedad, sino en abrir una conversación donde lo nuevo pueda transformarse con otras personas.

Desde tejeRedes podríamos decir que ahí se juega una tensión central entre Ego y Eros. El Ego quiere controlar, defender, demostrar o proteger su lugar. El Eros, en cambio, permite dejar aparecer. Permite que el otro exista como legítimo otro. Permite que una diferencia no sea inmediatamente vivida como amenaza, sino como posibilidad de vínculo, aprendizaje y creación.

Cuando una organización reprime la creatividad, muchas veces no está reprimiendo solo una idea. Está protegiendo un miedo: miedo a perder control, miedo a equivocarse, miedo a que una persona vea algo que otras no vieron, miedo a que el proyecto se desordene.

Pero Pipe nos recordaba algo importante: el miedo no es exclusivo de quienes controlan. También la persona creativa tiene miedo. Miedo a no ser comprendida, a que su aporte no tenga valor, a ser leída como conflictiva, a quedarse sola con una intuición que todavía no sabe cómo explicar.

Por eso la confianza es tan decisiva. Una confianza que permite decir: "quizás no te entiendo del todo, pero veo que aquí hay algo; avancemos, conversemos, probemos". Esa confianza no elimina el riesgo, pero lo vuelve habitable.

Uno de los ejemplos más bellos que compartió Pipe fue el de Espacio Al Alimón: una librería que se convierte en lugar de encuentro improbable. Jóvenes que quizá no habitarían una librería por sus urgencias vitales se vuelven sujetos activos de un espacio cultural. Vecinos que entran a comprar un libro se encuentran con historias que no esperaban. La estética cambia la mirada. El lugar modifica la relación. Y donde antes podía haber prejuicio, aparece vínculo.

Eso también es creatividad organizacional: cambiar el lugar para que cambie la mirada. Crear condiciones para que personas distintas se encuentren sin quedar reducidas a una etiqueta.

Entonces, ¿qué pierde una organización cuando reprime la creatividad?

Pierde posibilidades. Pierde vida. Pierde personas. Pierde ese soplo que permite que algo siga respirando. Puede creer que recuperó el control, pero tal vez solo cerró la puerta a una transformación necesaria.

Porque cuando una persona creativa se va, no se va únicamente una idea. Se va una sensibilidad. Se va una forma de leer el mundo. Se va una pregunta que quizás nadie más se estaba atreviendo a hacer.

Y la organización queda más ordenada, sí. Pero quizá también más pobre.

A veces la creatividad incomoda porque toca una herida.

Pero también puede ser la puerta por donde una organización vuelve a respirar.


29.5.26

Creatividad reprimida en las organizaciones: qué se pierde

Hay personas que no llegan a una organización para romperlo todo. Llegan con una forma distinta de mirar, con preguntas nuevas, con intuiciones que todavía no tienen nombre. A veces traen ideas, otras veces una sensibilidad especial para leer lo que está pasando en los vínculos, en los equipos o en el entorno. Pero no siempre esa creatividad es bienvenida.

En muchas organizaciones, lo creativo se celebra mientras no incomode. Se valora cuando sirve para innovar o resolver algo puntual. Pero cuando toca una forma instalada de hacer, cuando muestra que quizá las cosas podrían hacerse de otra manera, aparece la tensión. Lo que podía ser un aporte se vive como amenaza. La persona creativa deja de ser vista como alguien que abre posibilidades y empieza a ser leída como alguien que desordena, cuestiona o pone en riesgo el control.

A veces esa creatividad toca heridas de otras personas. No porque busque atacar, sino porque revela inseguridades, egos, miedos o lugares de poder que se sienten amenazados. Una propuesta distinta puede despertar preguntas silenciosas: ¿y si esta persona lo hace mejor? ¿Y si deja en evidencia que mi forma ya no alcanza? ¿Y si pierdo lugar? Muchas veces estas preguntas no se dicen, pero se actúan.

Entonces aparecen formas sutiles de represión: ignorar ideas, ridiculizar propuestas, cerrar espacios, corregir en exceso, aislar a la persona o etiquetarla como difícil, intensa o poco institucional. En algunos casos termina yéndose. En otros, la echan. Y muchas veces, antes de que eso ocurra, ya le han hecho imposible la vida.

El dolor no está solo en perder un trabajo. Está en sentir que aquello más vivo que una persona trae —su mirada, su intuición, su capacidad de crear— no tiene lugar. Y cuando una organización reprime esa creatividad, no solo limita a una persona: también bloquea una posibilidad de transformación.

Esto no significa idealizar toda creatividad. También hay formas creativas que pueden desbordar o no cuidar el contexto. Toda organización necesita roles claros, acuerdos y cierta estructura. El problema aparece cuando esos marcos se vuelven inmóviles, cuando el cuidado se transforma en control, cuando la funcionalidad se convierte en jaula.

La creatividad, en este sentido, no es ser caótico. Es saber moverse dentro del caos. Es leer lo que está cambiando, ajustar una forma, abrir una conversación, encontrar una salida donde el procedimiento ya no alcanza. A veces aparece como una gran idea, pero otras veces como una pregunta hecha a tiempo, una pausa o una forma distinta de acompañar.

Desde una mirada colaborativa, la pregunta no es solo qué le pasa a una persona cuando la expulsan por ser creativa. La pregunta también es qué le pasa a una organización cuando necesita expulsar aquello que podría ayudarla a evolucionar. Qué cultura se está protegiendo. Qué miedo se está cuidando. Qué conversación no se está pudiendo tener.

Porque colaborar no es solo coordinar tareas. Colaborar también es permitir que distintas formas de mirar puedan encontrarse, tensionarse y crear algo nuevo. Una organización que solo acepta la creatividad cuando no incomoda está confundiendo colaboración con obediencia amable.

A veces la creatividad no quiere romper la organización. Quiere ayudarla a respirar, recordarle que todavía está viva, que puede aprender, que puede organizarse sin apagar lo sensible.

Cuando una persona es expulsada por ser creativa, no solo se va una persona. Se va una pregunta que quizás era necesaria. Y la organización, aunque crea que recuperó el control, tal vez solo perdió la oportunidad de transformarse.







26.5.26

Cuando quedarse empieza a doler: propósito, límites y colaboración en las organizaciones

 Hay momentos en la vida organizacional en los que algo empieza a moverse por dentro. No siempre aparece como una crisis evidente. A veces llega como cansancio, incomodidad, ironía, pérdida de iniciativa o una sensación difícil de nombrar: algo de lo que antes me vinculaba con este lugar ya no resuena igual.

30.4.26

¿Me quedo o me voy? Cuando el propósito organizacional duele

 En el entorno organizacional, uno de los mayores desafíos que enfrentamos es cuando sentimos que el propósito de la organización no resuena con nuestras creencias o valores personales. Esta desconexión, aunque dolorosa, puede ser una señal de que necesitamos tomar una decisión importante sobre nuestro futuro. La pregunta que surge es clara: ¿me quedo o me voy?

26.4.26

Cuidarnos para cuidar mejor: una cultura colaborativa que también sostiene a quienes acompañan

 Hay personas que cada día sostienen el dolor de otras.

Escuchan historias difíciles, acompañan crisis, contienen vulnerabilidades, abren espacios para que otros puedan ordenar lo que sienten y recuperar algo de confianza. Muchas veces lo hacen con una entrega enorme, con sensibilidad, con vocación y con una capacidad admirable para estar disponibles ante la necesidad ajena.

Pero en medio de ese gesto tan valioso aparece una pregunta que no siempre nos atrevemos a mirar: ¿qué pasa con quienes cuidan?, ¿qué huella deja en ellas y ellos acompañar durante mucho tiempo el dolor de otras personas?, ¿cómo se sostiene quien sostiene?

En el último capítulo de Radio tejeRedes Play conversamos con Jaime Droguett sobre este tema: cuidar a quienes cuidan. Y la conversación nos dejó una intuición muy clara: el cuidado no puede seguir pensándose solo como una disposición individual. Necesita convertirse también en cultura, en estructura y en corresponsabilidad organizacional.



Porque cuidar también desgasta

No siempre lo hace de forma evidente. A veces empieza como cansancio acumulado, como dificultad para concentrarse, como irritabilidad, como insomnio, como distancia emocional, como una sensación persistente de estar apagando fuegos. Otras veces aparece como culpa por necesitar parar, como frustración por no llegar a todo, como deseo de aislarse o como una desconexión lenta del propósito que antes nos movilizaba.

Cuando estas señales no se escuchan, el desgaste se normaliza. Se vuelve parte del paisaje. Empezamos a decirnos que "este trabajo es así", que "siempre hay urgencias", que "hay que guantar", que "descansar sería no estar suficientemente comprometidos". Y poco a poco la organización puede terminar confundiendo compromiso con sobrecarga, vocación con sacrificio, colaboración con disponibilidad permanente.


Ahí aparece una de las claves más importantes de la conversación: el autocuidado es necesario, pero no basta. Jaime lo expresó con fuerza: cuidar de sí mismo es deseable, pero que una organización cuide a quienes cuidan no es solo deseable, es un deber.

Una organización que acompaña a personas en situaciones de vulnerabilidad, pero no cuida a sus propios equipos, pone en riesgo su propia misión. No solo se agotan las personas: también se erosiona la calidad del acompañamiento, se debilitan los vínculos internos y se vuelve menos sostenible el trabajo en el tiempo.

Por eso no basta con decirle a alguien "cuídate". Tampoco basta con esperar que las vacaciones reparen lo que la cultura organizacional sigue dañando durante todo el año. El cuidado necesita espacios, límites, conversaciones, supervisión, escucha, mediación cuando hace falta, claridad de roles y una distribución real de las cargas.


Aprender a dejarnos cuidar

Pero también hay otro movimiento igual de importante: aprender a dejarnos cuidar.

Muchas veces quienes cuidan tienen una gran capacidad para detectar las necesidades de otras personas, pero una menor capacidad para reconocer las propias. Y cuando las reconocen, suelen postergarlas. Pedir ayuda puede sentirse como una falla. Decir "no puedo más" puede vivirse como una amenaza al propio rol. Poner límites puede despertar culpa. Mostrar vulnerabilidad puede parecer peligroso.

Sin embargo, dejarnos cuidar también es parte de una cultura colaborativa.

No se trata de depender de otros ni de renunciar a nuestra responsabilidad personal. Se trata de reconocer que cuidar es un camino de ida y vuelta. Yo necesito cuidarme, pero también necesito permitir que otros me cuiden. Necesito registrar mis límites, pero también necesito que la organización los respete. Necesito aprender a escuchar mi cuerpo, pero también necesito espacios donde lo que me pasa pueda ser dicho sin miedo ni juicio.


En esa ida y vuelta aparece una distinción muy hermosa: cuidar no es desaparecer en el dolor del otro. Colaborar no es fundirse con el grupo hasta dejar de escucharse. Acompañar no significa perderse de sí.

Podemos estar con el otro sin dejar de estar con nosotros mismos. Podemos escuchar una historia difícil y, al mismo tiempo, preguntarnos qué está pasando en nuestro cuerpo. Podemos comprometernos con un propósito sin convertirnos en héroes o heroínas que lo sostienen todo. Podemos ser parte de una comunidad sin dejar de reconocer nuestras propias necesidades.


Volver al centro

Quizás ese sea uno de los aprendizajes más profundos: para cuidar mejor, necesitamos volver a nuestro centro.

Jaime propuso una práctica sencilla y poderosa: parar, respirar y hacer un pequeño chequeo interno. ¿Cómo está mi cuerpo? ¿Qué emoción aparece? ¿Qué estoy necesitando? ¿Qué señal estoy desoyendo? ¿Estoy realmente presente o voy corriendo como si no tuviera cuerpo? A veces, ese gesto de treinta segundos puede devolvernos a un lugar más honesto desde donde actuar.

Porque el cuerpo suele avisar antes que la mente. La mente dice "hay que seguir"; el cuerpo dice "necesito descansar". La mente dice "esto es urgente"; el cuerpo dice "necesito respirar". La mente dice "no puedo fallar"; el cuerpo dice "necesito apoyo".

Escuchar esas señales no nos hace menos profesionales. Nos hace más humanos. Y desde ahí, también más capaces de acompañar sin rompernos.



Una cultura de cuidado real

Una cultura de cuidado real no es aquella donde siempre las mismas personas sostienen, contienen, resuelven y cargan. Es aquella donde el cuidado se distribuye, donde las personas pueden pedir ayuda, donde los límites no se castigan, donde los conflictos no se dejan pudrir en silencio, donde existen espacios seguros para hablar de lo que duele y donde nadie tiene que demostrar su compromiso agotándose.

Cuando una organización cuida a quienes cuidan, no solo protege a sus equipos. También cuida su propósito, su calidad de servicio, su sostenibilidad y su tejido humano. Porque cuando una persona se rompe, no se rompe sola: se resiente el equipo, la confianza, la misión y la red completa.

Tal vez por eso esta conversación nos deja una pregunta abierta, sencilla y profunda:

¿Cómo nos estamos cuidando mientras cuidamos?

Y quizá también otra:

¿Qué necesitamos aprender para cuidarnos, cuidar y dejarnos cuidar?

Porque el cuidado no debería ser una carga solitaria. Puede ser una práctica compartida. Una forma de organizarnos. Una señal de madurez colectiva. Una huella colaborativa que nos recuerda que ninguna persona debería romperse para que otras estén bien.

Cuidarnos para cuidar mejor no es un lujo. Es una condición para sostener organizaciones más humanas, más lúcidas y más vivas.

 


1.4.26

Cuidar a los que cuidan

 

Cuando el compromiso sostiene mucho, pero la organización cuida poco

Hay equipos, organizaciones y comunidades que trabajan cada día acompañando dolores, crisis, vulnerabilidades y procesos difíciles. Sostienen a otros, contienen, escuchan, median, reparan. Pero no siempre se detienen a mirar una pregunta incómoda y decisiva: qué pasa con quienes sostienen ese cuidado.

Hablar de “cuidar a los que cuidan” no es abrir un tema blando. Es abrir una conversación profunda sobre cultura organizacional, corresponsabilidad, desgaste y sostenibilidad.


Hay organizaciones que nacieron para cuidar.

Acompañan personas en situaciones de vulnerabilidad. Reciben historias difíciles. Sostienen procesos de reinserción, mediación, escucha, reparación o contención. Son espacios donde el dolor humano no aparece de forma excepcional, sino cotidiana.

Y, sin embargo, en medio de esa entrega, hay una pregunta que muchas veces queda al margen:

¿quién cuida a quienes cuidan?

Porque cuidar no es gratis.

No lo es emocionalmente.
No lo es corporalmente.
No lo es relacionalmente.
Y tampoco lo es organizacionalmente.

A veces el cuidado se convierte en una tarea invisible que recae siempre en las mismas personas. Son quienes escuchan más, sostienen más, ordenan más, contienen más, reparan más. Las que están cuando alguien se quiebra. Las que amortiguan tensiones. Las que “tiran del carro” cuando el resto no puede. Las que se vuelven indispensables sin haber elegido del todo ese lugar.

Y muchas veces, justamente por ocupar ese lugar, son también quienes menos espacio tienen para decir que están cansadas.

Ahí empieza a aparecer una escena conocida en muchas organizaciones: la sobrecarga como paisaje.

No suele llegar de golpe.

Empieza como cansancio normalizado.

Como irritación baja pero persistente.

Como dificultad para desconectar.

Como sensación de que siempre falta algo.

Como reuniones donde se habla mucho de tareas, pero poco del impacto que esas tareas están dejando en las personas.

Como una cultura donde pedir ayuda parece una señal de fragilidad.

Como una organización que valora mucho el compromiso, pero organiza poco el cuidado.

Y ahí conviene detenerse.

Porque cuando sostener se vuelve sinónimo de agotarse, no estamos solo ante un problema individual. Estamos ante una señal del sistema

¿Qué decimos desde la Huella Colaborativa?

Desde la mirada de la Huella Colaborativa, este punto es central. 

El proyecto parte de que muchas organizaciones viven tensiones invisibles —desconfianza, conflictos interpersonales, rigideces estructurales— que afectan su sostenibilidad, y propone mirar esas incidencias no solo como fallas aisladas, sino como fenómenos que pueden comprenderse, medirse y transformarse. 

Su hipótesis de fondo es potente: no podemos activar colaboración genuina sin reconocer antes las heridas y las incidencias que atraviesan nuestros vínculos.


Dicho de otro modo:

No basta con agradecer a quienes cuidan.

No basta con admirar su entrega.

No basta con decir que son valiosos para el equipo.

Hay que preguntarse qué está produciendo la organización en ellos y ellas.

Si una persona acompaña dolor ajeno durante mucho tiempo sin espacios de cuidado, sin escucha, sin redistribución de carga, sin supervisión, sin posibilidad de nombrar lo que le pasa, entonces la organización no solo está exigiendo mucho. Está dejando una huella.

Y esa huella puede tomar formas muy distintas: desgaste emocional, desconexión, culpa por poner límites, irritabilidad, sensación de fracaso, pérdida de sentido, automatización afectiva o desvinculación progresiva del proceso colectivo.

A veces esas señales todavía no son una crisis abierta. Son pequeñas fisuras. Pero justamente por eso importa aprender a verlas. En los materiales de Huella Colaborativa se trabaja esta idea con mucha claridad: las microincidencias son tensiones pequeñas, latentes o normalizadas que, si no se atienden, pueden escalar y convertirse en incidencias mayores. La lógica de fondo es preventiva: leer a tiempo lo que se está acumulando antes de que el sistema estalle.

 El aporte desde tejeRedes Play 

Hablar de “cuidar a los que cuidan” no es simplemente hablar de bienestar individual.

Es hablar de diseño organizacional.

De cultura.

De poder.

De distribución de responsabilidades.

De espacios de conversación.

De cómo una organización sostiene —o no sostiene— a las personas que hacen posible su propósito.

Aquí tejeRedes Play aporta una pista muy importante. El manual plantea que las relaciones y cuidado de las personas son uno de los conceptos que definen a un equipo, comunidad u organización, y que la fraternidad, el eros o el amor actúan como un pegamento biológico del sistema. Cuando ese cuidado se debilita, el equipo empieza a fragmentarse, a generar islas y a perder capacidad de sostenerse colaborativamente.

Esto cambia la mirada.

Porque entonces el cuidado deja de entenderse como un gesto opcional o un valor decorativo, y pasa a ser una condición estructural para que una organización funcione de forma saludable y sostenible.

No hablamos solo de “ser buenas personas”.
Hablamos de crear condiciones reales para que el cuidado no dependa del heroísmo.

Y esa diferencia importa mucho.

Hay organizaciones que funcionan gracias al sacrificio silencioso de unas pocas personas comprometidas. A simple vista parecen equipos muy entregados. Pero en el fondo están sostenidas por una lógica frágil: unas pocas absorben el impacto emocional, la complejidad relacional y el esfuerzo invisible que el sistema no sabe distribuir.

Eso no es colaboración sostenible.
Eso es dependencia disfrazada de compromiso.

En el propio marco de tejeRedes Play, las relaciones y cuidado de las personas no aparecen aisladas: se vinculan con el propósito, con las personas interesadas, con los roles, con la gobernanza, con los espacios conversacionales y con el marco de entendimiento común. Ninguna de esas teclas funciona sola; cuando una se desregula, afecta al resto del sistema.

Eso significa que cuidar a quienes cuidan no se resuelve solo con una invitación al autocuidado.

Se resuelve también preguntándonos:

  • cómo se distribuyen las tareas invisibles de sostén;
  • quién contiene a quienes contienen;
  • qué espacios existen para procesar el impacto del trabajo;
  • qué señales tempranas estamos ignorando;
  • cuánto heroísmo estamos premiando sin decirlo;
  • y cuánto de nuestra cultura sigue confundiendo compromiso con sacrificio.

Porque hay equipos llenos de buena voluntad que se terminan rompiendo no por falta de propósito, sino por falta de estructura cuidadora.

A veces el problema no es que las personas no quieran cuidarse más.
Es que la organización no ha diseñado cómo hacerlo posible.

Y ahí aparece una tarea profundamente política y metodológica: pasar de una cultura donde unas pocas sostienen todo, a una cultura donde el cuidado se vuelve corresponsabilidad.

No se trata de que todo el mundo haga todo.
Se trata de que el peso del sostén no recaiga siempre en los mismos cuerpos, en las mismas biografías, en las mismas disponibilidades afectivas.

Se trata de construir organizaciones capaces de ver que el cuidado también necesita ser cuidado.

Las condiciones que creamos

Quizá una de las preguntas más urgentes para cualquier equipo que acompaña dolor, conflicto o vulnerabilidad no sea solo cómo cuidar mejor a las personas a las que sirve.

Quizá la pregunta más decisiva sea otra:

qué condiciones está creando para cuidar a quienes hacen posible ese cuidado.

Porque cuando una organización no sabe cuidar a quienes cuidan, tarde o temprano empieza a dañar el mismo tejido humano del que depende su propósito.

Y cuando sí aprende a hacerlo, no solo protege a su gente. También fortalece su capacidad de sostener procesos, vínculos y transformaciones en el tiempo.

Cuidar a los que cuidan no es un gesto complementario.
Es una medida de madurez organizacional.

Huella Colaborativa: mirar lo que no siempre se ve en las organizaciones

 En el último capítulo de Radio tejeRedes Play abrimos una conversación necesaria: cómo observar aquello que muchas veces no aparece en los informes, pero afecta profundamente la vida de los equipos.

Junto a Johana Ciro, Isabel Miralles y Cristián Figueroa, exploramos la Huella Colaborativa como una nueva manera de leer vínculos, tensiones, silencios, patrones y posibilidades de transformación en las organizaciones.

Lo importante no siempre aparece en los indicadores

Hay cosas que en una organización no salen en un Excel, no quedan escritas en un acta y no siempre se nombran en una reunión formal.

Están en cómo nos miramos.
En lo que decimos.
En lo que evitamos decir.
En esas tensiones que se sienten, aunque nadie las ponga sobre la mesa.

Ese fue el punto de partida de este primer capítulo de la temporada de Radio tejeRedes Play: detenernos a observar esa huella invisible que vamos dejando en los vínculos, en las formas de trabajar y en la cultura que construimos, muchas veces sin darnos cuenta.

La Huella Colaborativa no nace para medir por medir

Uno de los elementos más interesantes de la conversación fue dejar claro que la Huella Colaborativa no se propone como una herramienta fría ni como un simple sistema de medición.

No aparece para clasificar organizaciones ni para reducir la complejidad humana a un gráfico.

Aparece, más bien, como una forma de abrir conversaciones.

Como explicó Cristián Figueroa, la búsqueda nace de una pregunta muy concreta: cómo acompañar procesos de transformación organizacional sin quedarnos solo en el diseño formal de estructuras, roles o modelos de gestión. La necesidad era encontrar una referencia que ayudara a las organizaciones a detenerse, observar y leer mejor lo que realmente está ocurriendo en su manera de colaborar.

Por eso la Huella se entiende más como un telar de conversación que como una simple herramienta. Un telar que ayuda a tejer preguntas difíciles a partir de dolores, incidencias y patrones que afectan la vida de los equipos.

así como existe la huella de carbono, también existe la Huella Colaborativa.  La huella de carbono mide el impacto que dejamos en el planeta. La Huella Colaborativa mide el impacto que dejamos en las relaciones, en los equipos y en la organización cada vez que trabajamos juntos.

Así como existe la huella de carbono, también existe la Huella Colaborativa. La huella de carbono mide el impacto que dejamos en el planeta. La Huella Colaborativa mide el impacto que dejamos en las relaciones, en los equipos y en la organización cada vez que trabajamos juntos.

Cuando hablar de colaboración no basta

Otro de los hilos más potentes del capítulo fue este: hablar de colaboración es fácil; practicarla de verdad no lo es.

Muchas organizaciones desean ser más horizontales, más abiertas, más participativas o más coherentes con sus propósitos. Pero entre esa intención y la experiencia concreta suele haber una brecha.

La colaboración puede ser un discurso bonito.

Puede ser incluso un valor declarado.

Pero eso no significa que esté ocurriendo realmente.

Johana Ciro lo expresó con mucha claridad: la colaboración no es solo una intención, sino una práctica que deja huella en los vínculos, en las decisiones y en la cultura organizacional. Y precisamente por eso no basta con preguntarse si una organización “es colaborativa o no”. La pregunta más fértil es otra:

¿Qué patrones estamos sosteniendo hoy?

Las incidencias: eso que afecta y no siempre se nombra

En la conversación apareció una palabra central: incidencias.

No como sinónimo de problema puntual, sino como una forma de nombrar aquellos elementos que van afectando la vida organizacional: dolores de equipo, tensiones no resueltas, dinámicas heredadas, decisiones poco claras, silencios persistentes, microquiebres en la confianza.

Cristián compartió algo importante: las incidencias no son universales ni se pueden leer igual en todas partes. Cambian según la historia del grupo, el territorio, la cultura organizacional y el tipo de institución.

Eso vuelve muy valiosa esta mirada, porque evita caer en recetas genéricas.

Cada organización tiene su propia historia.
Cada equipo tiene sus propios patrones.
Cada huella necesita ser leída en contexto.


Lo invisible también informa

Uno de los aportes más sugerentes de Joana tuvo que ver con lo que empezó a aparecer en los primeros pilotos.

Por ejemplo:

  • la autocensura,
  • el miedo a decir lo que realmente se piensa,
  • las respuestas condicionadas por jerarquías,
  • los sesgos de responder “lo correcto” en vez de lo verdadero,
  • y la influencia invisible de estructuras de poder sobre lo que una persona se atreve o no a expresar.

Lo interesante es que nada de eso fue leído como “ruido”.

Al contrario: fueron señales fundamentales del sistema.

La incomodidad, el silencio, la mirada esquiva, la dificultad para hablar… todo eso también entrega información. Y muchas veces es precisamente ahí donde una organización puede empezar a comprender lo que no estaba viendo.

Medir como pretexto para conversar

Isabel Miralles dejó otra idea clave: la medida no es el fin. La medida es el pretexto para conversar.

La Huella puede incluir dimensiones observables, contrastes, polaridades y formas de representación. Pero su valor no está solo en producir datos, sino en ayudar a afinar qué está pasando de fondo.

No se trata únicamente de saber si algo está “bien” o “mal”.
Se trata de comprender qué se mueve por debajo.
Qué duele.
Qué se repite.
Qué está pidiendo ser nombrado.
Qué posibilidades de transformación se abren si nos atrevemos a mirar.

No todo se resuelve con protocolos

Otra reflexión importante del capítulo fue que, aunque los protocolos y las normativas son necesarios, no alcanzan por sí solos.

Hoy sabemos mucho más sobre bienestar, salud laboral, riesgos psicosociales y prevención. Pero también estamos viendo que no hay transformación real si no cambia el fondo de las relaciones.

No basta con normar.
No basta con declarar valores.
No basta con diseñar estructuras más modernas.

Hace falta aprender a mirar la organización como un espacio humano, relacional y vivo.

Y desde ahí, la Huella Colaborativa propone algo profundamente actual: pasar del control y la reacción tardía a una lectura más preventiva, compartida y consciente.

Una herramienta situada, no una etiqueta

También hubo espacio para una pregunta delicada y muy pertinente: el riesgo de que este tipo de enfoque termine responsabilizando individualmente a las personas por problemas que tienen causas estructurales.

La respuesta fue muy clara.

La Huella Colaborativa no está pensada como una herramienta genérica ni como una etiqueta aplicable desde fuera. Su sentido está en construirse desde la historia del grupo, desde el contexto concreto y desde una lectura colectiva de lo que emerge.

Eso no elimina todos los riesgos. Pero sí marca una diferencia importante: no busca culpables, sino comprensión compartida y capacidad preventiva.

Una nueva manera de mirar la transformación

Quizás una de las frases más importantes que dejó la conversación fue esta idea: las organizaciones no se transforman solo con estrategia o estructura, sino con la calidad de las relaciones que las sostienen.

Ahí está el corazón de la Huella Colaborativa.

No como una moda.
No como una fórmula cerrada.
No como una herramienta aislada.

Sino como una nueva lente para observar lo que está pasando de verdad en personas, equipos y organizaciones.

Una lente que permite ver no solo tensiones y silencios, sino también posibilidades, aprendizajes y caminos de transformación.

La pregunta que queda abierta

Al cerrar el capítulo, quedó resonando una pregunta simple, pero muy profunda:

¿Qué huella está dejando hoy tu manera de colaborar?

Tal vez no podamos controlar todo lo que ocurre en una organización.
Pero sí podemos empezar a mirar con más conciencia lo que habilitamos, lo que limitamos, lo que sostenemos y lo que desgastamos en nuestra forma cotidiana de trabajar con otros.

Y quizás ahí empieza una transformación más honesta.

No en el gran cambio declarado.
Sino en la huella concreta que dejamos cada día.

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