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30.3.18

El impacto social desde la mirada de la gestión colaborativa

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La colaboración parte por casa, pero para generar un verdadero cambio social, debe expandirse a lo largo y ancho de la sociedad.



Valores, propósitos, visión y misión. Todos ellos son elementos -a veces inspiradores, a veces más prácticos- sobre cómo debe “comportarse” y relacionarse una empresa y organización con otras. En algunas ocasiones se expresan en acciones filantrópicas o de Responsabilidad Social Empresarial a través de las cuales las empresas canalizan sus preocupaciones y vinculaciones con el medio en el cual están insertas.


Ante esto, una estructura de gestión colaborativa tiene sus propias reglas del juego y dinámicas internas, que le permiten generar relaciones de confianza, promoción de liderazgos y mayores diálogos al interior de la organización. Sin embargo ¿Cómo se relacionan estas estructuras con su entorno?


El diferencial más importante es que, para este tipo de empresas u organizaciones, los valores están por sobre el dinero. Como tendencia, las empresas de carácter colaborativo consideran también el contexto en que están insertas, buscando cómo impactar en el entorno o el territorio en que se desarrollan. Esto se traduce en que las empresas que apuestan por el impacto en el medio, el territorio en el que se desarrolla o en la comunidad que tienen más próxima.


En general, quienes forman parte de este tipo de estructuras ya están alineados con los valores de la organización y los portan como parte de su cosmovisión. Así funciona, por ejemplo, en gran parte de las fundaciones, en donde los colaboradores no deben “convencerse” de los propósitos, sino que los encarnan y los desarrollan a través de su trabajo y en su vida diaria.


La horizontalidad, en estos casos, se manifiesta en una responsabilidad social en la que las comunidades a las que quiere impactar figuran en condiciones de igualdad y co-responsabilidad, por sobre la verticalidad propia de la ayuda y la asistencia. Los valores de la horizontalidad, el respeto y la construcción de tejido social, en algunos casos, no solo se circunscriben a la empresa, sino que permean hacia el resto de la sociedad.


Así, generar actividades como tener una fábrica que produzca materiales para otras comunidades más excluidas, destinar tiempo para organizar actividades de voluntariado corporativo o involucrarse con programas que tengan un impacto estructural, son parte de las acciones que desarrollan las organizaciones que dejaron atrás las jefaturas y las pirámides organizacionales.


Algunas destinan un porcentaje de sus utilidades en inversión directa en proyectos de impacto social que se sostengan en el mediano y largo plazo. En esta misma vía, asoma la inversión en proyectos de impacto público, como áreas comunes e infraestructura para la ciudad.


En otra línea, las empresas con estructuras de gestión colaborativa están son más receptivas, por ejemplo, a tener licencias abiertas de sus productos. Bajo la premisa de compartir el conocimiento, abonan para que el entorno pueda participar de sus avances.


La colaboración parte por casa, pero para generar un verdadero cambio social, debe expandirse a lo largo y ancho de la sociedad.

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Este y otros consejos están disponible en nuestro libro tejeRedes, que puedes descargar acá: Descarga gratuita

20.3.18

Escuela tejeRedes ¿Para qué realizar un curso sobre trabajo en red y gestión colaborativa?

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Desde el año pasado tenemos dos cursos online en la escuela TejeRedes (GRATIS) para que las personas puedan profundizar sobre los temas de trabajo en red y gestión colaborativa.


Una de las primeras preguntas que realizamos a las personas que están desarrollando los cursos en la Escuela TejeRedes: ¿Qué te inspira a seguir y desarrollar las actividades propuestas en este curso? Las respuestas son muy varias.

Guardando la identidad de las personas, compartimos algunas interesantes reflexiones de los participantes de los cursos:


"Reconocer que los conocimientos y herramientas que porto en mi mochila no me alcanzan para gestionar la complejidad del trabajo en redes, que es imprescindible para desarrollar tanto mi responsabilidad de conducir/liderar un equipo tecno-pedagógico multidisciplinar y sobre un extenso territorio; como co-crear soluciones a problemas o demandas del Ministerio de Educación y con otros Ministerios para acompañar integralmente las trayectorias de niñas/os y jóvenes". 


"Actualmente estoy cocreando junto al equipo una plataforma colaborativa que nos permita estar conectados con nuestro propósito personal y que ese propósito este unido a nuestro propósito que como comunidad colaborativa vamos a crear. creo que la colaboración puede darnos mayores satisfacciones que la competencia y desde allí puedo apostar al éxito de esta iniciativa. Especialmente porque los valores de confianza, respeto y hacerlo juntos puede ser más efectivo que de manera individual".


"Aprender para replicar y difundir esta forma de trabajo en las organizaciones comunitarias. Escucho en los talleres que hacemos que tiene problemas de comunicación y confianza, que sus dirigentes se sienten solos y cansados. Creo que por acá va la respuesta y mi aporte sería acercarles a ella". 


"Me inspira el deseo de vincularme a otras personas desde otros modos, diferentes a los establecidos, colaborando para que en comunidad mejoremos nuestra calidad de vida.

Pienso que el curso me puede ayudar a ponerle nombre a cosas que aun no visibilizamos en las organizaciones y redes de las cuales formo parte, a ampliar conocimientos sobre trabajo en red y a adquirir herramientas concretas para visibilizar lo que sucede en ellas. (como el confianzómetro)". 


"Los paradigmas están cambiando hacia un mundo de redes. Quiero conocer acerca del pensamiento y el trabajo colaborativo. Aprender metodologías, técnicas y habilidades para contribuir a un cambio de mentalidad en las comunidades y hacer nuestra vida más amable, tanto a nivel laboral, como social".


"Mi mayor motivación es trabajar con las comunidades donde he decidido asentarme en República Dominicana para que hayan intercambios sanos, desarrollo en conjunto para mutuo beneficio y aprovechar oportunidades de co-creación para un mejor país".


Te esperamos en la Escuela TejeRedes

24.2.18

El día en que la colaboración se volvió interesante, por Amalio Rey

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* El artículo original lo puedes consultar en el blog de Amalio Rey. Agradecemos a Amalio por permitirnos reproducir de manera íntegra este artículo. 



El viernes pasado (9F) estuve en el Campus Norte, de la Universidad Politécnica de Cataluña, participando en el tercer Seminario sobre Ciencia de la Colaboración convocado por el proyecto Col·laboscopi del programa @Nexus24UPC, que lidera ese estupendo equipo formado por Didac Ferrer, Alex Muntada, Ginevra Marina Lazzerini, Martí Rosas y Pere Losantos. Ellos, junto a Leticia Soberón (DontKnow), Cristian Figueroa (TejeRedes) y un servidor co-organizamos la jornada, a la que asistieron unas 35 personas con perfiles diversos y muy interesantes.

Tuvimos desde gente proveniente del mundo del software, a investigadores universitarios, promotores culturales, diseñadores, facilitadores de procesos colaborativos, funcionarios de distintas administraciones, artistas, empresarios, gestores del conocimiento, urbanistas y… ¡hasta bomberos! (aquí tienes el listado completo y sus perfiles). El seminario estaba dirigido a personas interesadas en profundizar sobre las claves de los equipos colaborativos, tanto desde una lógica de investigación como de la práctica diaria.

El evento fue una práctica colaborativa en sí mismo. Cristian Figueroa dice que se dedica a “armonizar comunidades y organizaciones (…) promoviendo que las personas trabajen en red colaborativamente”, y realmente lo consiguió. Siguiendo su metodología TejeRedes, su labor de facilitación fue muy hábil para crear complicidades y un ambiente muy agradable que ayudó a aflorar la inteligencia colectiva. Basta con echarle un vistazo a las fotos del seminario para darse cuenta de que eso fue así. El tiempo se nos pasó volando.

Antes del taller pusimos en funcionamiento una plataforma que nos facilitó, amablemente, Leticia Soberón de DontKnow, en la que compartimos 4 preguntas para centrar y madurar el debate previo al encuentro. Collaboratorium, que así se llama, funcionó muy bien para gestionar la deliberación previa. Es muy recomendable para este tipo de ejercicios.

Comparto ahora un resumen de las ideas que me parecieron más interesantes y algunas reflexiones que me sugirieron los diálogos que tuvimos. Seguro que me dejo muchos temas en el tintero, pero no quiero que el post me quede demasiado largo:

1. La CO-laboración es CO-mplejidad: No es fácil encontrar el justo equilibrio entre las motivaciones individuales (incluso, egoístas) y las colectivas. Gestionar bien la tensión natural que siempre existe entre el gen individual y el social, que todos llevamos grabados, demanda una mezcla de paciencia, generosidad y sabiduría. La respuesta que damos a este equilibrio inestable depende mucho de las experiencias personales que hemos vivido en proyectos colaborativos anteriores. El balance entre los feedbacks positivos y negativos condiciona mucho la predisposición, aunque el diseño contextual también puede hacer mucho para cambiar la actitud.

2. Colaboración por defecto: La eficiencia importa también en los procesos colaborativos. Siempre que hablo de “eficiencia” no me refiero a tomar el camino más corto, sino evitar desgastes innecesarios. Eso se traduce en cuidar el foco y no dispersarse. Una vez que el propósito está definido, hay que ponerse con ello y cuidar la gestión. La mejor forma de hacerlo es integrando la colaboración, de forma natural, en los flujos ordinarios de trabajo de las personas. Eso reduce los costes de colaborar, al menos en las primeras etapas, hasta que se adquiere el hábito. Aquí tenemos un desafío de diseño apasionante, que empieza desde modificar los flujos de interacciones que reconoce formalmente la organización para que no quede más remedio que colaborar (o sea, sin Plan-B para competir), hasta concebir incentivos y refuerzos para aquellos comportamientos que son colaborativos.

3. La colaboración no es amor, sino cultura y rediseño de contextos: Digo esto porque Martí Rosas (UPC) sugirió que la colaboración es amor, y yo me mostré incómodo con esa idea. Lo sigo estando porque pienso que el amor es otra cosa. No creo que se pueda, ni se deba, hacer mucho por “el amor” en las organizaciones. Una propuesta así a mí me pone nervioso. El amor lo dejo para mi familia, amigos y relaciones íntimas. Lo que hay que hacer es crear contextos que favorezcan comportamientos, hábitos y rutinas colaborativas, y quién sabe si después la gente termina “amando” más, pero ese no es un objetivo. Leticia decía que “las personas deben venir (a las organizaciones) amadas y lloradas”, y en parte tiene razón. Puedo entender el sentido de la expresión de Martí, si la interpreto de modo laxo y metafórico, visto el amor en términos de generosidad y cultura de compartir. María Cacheda matizó el término con una aportación sugerente, muy bien acogida en el taller, hablando de “Hamor” con H para quitarle grandilocuencia a la palabra e intentando, según ella, revalorizarla desde el punto de vista de los afectos. Yo sigo pensando que desde las organizaciones no podemos intervenir ahí más que generando contextos facilitadores.

4. La importancia del CÓMO: Hablamos de la importancia del proceso, de cómo se hacen las cosas. Decía Ana Manzanedo (OuiShare) que “la gente se engancha cada vez más al CÓMO que al QUÉ”. El propósito es importante, pero hay que huir de la “tiranía de los objetivos”. Es probable que la gente empiece a estar cansada de la retórica de las misiones/visiones, y vea en el CÓMO algo más tangible y verificable.

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5. Reciprocidad: El principio de “reciprocidad” es importante para que la colaboración sea posible. Si la apropiación de los resultados de la colaboración no se reparte de forma justa y equitativa, según la implicación mostrada por las partes, es fácil que se genere rechazo a colaborar. Yo mismo he tenido experiencias desagradables con personas para las que: “lo mío es mío, y lo tuyo es de los dos” . También es verdad que la reciprocidad es una función del tiempo, así que hay que ser pacientes a la hora de esperar o medir los retornos. Sentir “estrés por la reciprocidad”, algo también común en iniciativas colaborativas, tampoco es bueno.

6. La colaboración necesita diversidad, pero hasta cierto punto: La diversidad está en la base de las sinergias, y sin sinergias, la colaboración es forzada. Pero… ¿cuánta diversidad es la correcta? Hablamos de esto, tanto en Collaboratorium como en el taller, y se hizo evidente que maximizar la diversidad puede no ser una buena idea en contextos de acción, donde hay que conseguir resultados dentro de determinados plazos. En entornos de reflexión puedes admitir toda la diversidad que quieras, pero en los de acción, con expectativas de resultados, no hay que pasarse del punto óptimo, que es aquel donde los costes de forjar consensos empiezan a exceder los beneficios de disponer de perspectivas diversas: vamos a necesitar tanta diversidad (y no más) como la que podamos manejar de un modo razonablemente eficiente. Como se ve, el grado correcto de diversidad es altamente dependiente del contexto. También es verdad que, si hay un fuerte propósito compartido, es más fácil gestionar altos niveles de diversidad.

7. Rediseño de espacios híbridos: Determinados espacios incitan más a la colaboración que otros. Hay que mimar esto a la hora de crear entornos facilitadores. Pero mucho cuidado con pasarse de alegría comunitaria. Estoy muy de acuerdo con Didac (UPC) en que los espacios diáfanos no son la única solución, y que es imprescindible combinarlos con sitios aislados, que permitan la reflexión individual, sin ruidos, ni interferencias. El diseño tiene que ser híbrido, para que responda a las distintas necesidades que se dan en el proceso co-creativo.

8. Herramientas colaborativas: La actitud es más importante que las herramientas, pero éstas juegan también un papel relevante. Hace falta más conocimiento y formación en el manejo de aplicaciones colaborativas digitales, porque cuando la gente manosea las herramientas, al mismo tiempo está aprendiendo y viendo qué tipos de cosas se pueden hacer colaborando. Estas herramientas suelen funcionar bien como “troyanas”, porque una vez que la gente las prueba, si funcionan bien, se resisten a volver atrás.

9. Medir la colaboración: Uno de los objetivos del taller era reflexionar sobre cómo medir la colaboración. Aunque varios participantes han insistido en que es posible medirla, yo sigo sin verlo. Al menos si se quiere hacer con rigor. Según como lo veo, habría que medir la cantidad y calidad/intensidad de las interacciones de naturaleza colaborativa. Los proxies que algunos participantes sugirieron me parecen ambiguos. No aíslan con efectividad los comportamientos colaborativos de los que no lo son. Por ejemplo, se tiende a confundir la “colaboración” con la “participación”, que no son lo mismo. Yo puedo escribir un post para compartir con el grupo (“participo”), pero hacerlo de un modo totalmente unilateral y egoísta, sólo para que se me escuche o imponer mis ideas, y después no interaccionar con los demás en el debate y construcción colectiva de las ideas que pueden elaborarse a partir de ese post y de otras contribuciones (si no hago eso, no “colaboro”). Esto se ve claro, según nos recordó Didac, en el trillado ejemplo de “los huevos con beicon”: la gallina participa, el cerdo colabora, porque se implica y se deja la piel. Por otra parte, no se puede confundir la “colaboración” con la “comunicación”. Son dos tipos de interacciones de una intensidad diferente. Por eso, indicadores de comunicación como el número de mails, llamadas telefónicas, wasaps, intercambiados no son un proxy correcto para medir “colaboración”. Usar las encuestas tampoco es fiable. La colaboración es una categoría buenista, así que la gente tiende a dar respuestas demasiado optimistas. Incluso se autoengaña, porque todo el mundo cree que es más colaborativo de lo que realmente es. Prefiero mecanismos de observación: qué hago vs. qué digo que hago.

10. CO-laboración es CO-nfianza: Esta fue quizás la palabra más repetida en la plataforma y el taller. La confianza es clave, y está claro que para confiar hay que desaprender. Es cultura y predisposición. Las organizaciones serán incapaces de generar confianza si no son coherentes.

11. Alinear la colaboración con la estrategia: Que la colaboración esté alineada con la estrategia de la organización es determinante para su efectividad. Cuando eso ocurre, es más fácil impulsarla.

12. Co-responsabilidad y liderazgo son compatibles: Para fomentar la colaboración es importante favorecer dinámicas de co-responsabilidad. La gente se tiene que sentir responsable de lo que hace, y para eso necesita autonomía. Pero eso no significa que podamos prescindir del liderazgo. Es otro tipo de liderazgo, más facilitador y humanista.

Dejo para un segundo post, que publicaré en mi otro blog de inteligencia colectiva, el resumen del debate que tuvimos en el tema que me tocó coordinar a mí: “Colaboración a gran escala, en grupos grandes”. Nos vemos…



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