24.4.13

El emprendedor Social Cultural o de las ICC: Perfiles y Experiencias


Definiendo el Emprendimiento Social Cultural (2)



Taller tejeRedes+Basurama+SomosMás, Barrio San Cristóbal de Madrid

Esta es la segunda entrega de los textos elaborados por tejeRedes a partir de la Investigación "Emprendedores Sociales Culturales o de las ICC". Siguiendo con la definición del Emprendedor Social Cultural, iniciamos esta segunda parte con las palabras de Sebastián Gatica, profesor y director del Laboratorio de Innovación Social de la Universidad Católica de Chile, quien nos aclara que es importante separar dos elementos en la definición de emprendedor, en particular, cuando su apellido es social. El primero, es el emprendedor como persona, que tiene todas las características del que busca la oportunidad, se inspira, derrocha amor por lo que hace, etc., y el segundo, se relaciona con el proceso y la oportunidad de emprendimiento que el emprendedor es capaz de visualizar y accionar. El espacio común donde convergen el emprendedor y el emprendimiento es el territorio poblado por la comunidad que colabora desde el impulso del emprendedor para definir, darle valor social y de uso al proceso, en relación a transformar conocimientos en tangibles e intangibles (producto o servicios de la cultura). 

Para continuar, retomemos algo que se dejó en el tintero la semana pasada: el emprendimiento social cultural se encuentra definido por iniciativas de carácter social que no esperan necesariamente un retorno monetario positivo para los emprendedores, pero sí un alto valor de bienestar social. Sin embargo, cualquiera se preguntaría "¿y entonces de qué viven estos emprendedores sociales culturales?¿cómo se sostienen?"; la pregunta es válida y encontramos que para ello, estos emprendedores realizan actividades u oficios paralelos (que pueden o no estar relacionadas al sector de la cultura o del cual crean) que les proporcionen una fuente de ingresos solvente para mantenerse e incluso para sostener su iniciativa. 

No obstante, consideramos que lo anterior es solo una etapa o escenario que puede vivenciar un emprendedor social cultural, pues éste visiona alcanzar un escenario óptimo en el cual logra vivir de su proyecto social cultural dedicándose de lleno al mismo y a su vez hacerlo autosostenible. Son pocos los casos en que una iniciativa o emprendimiento Social por sí solo es sostenible, como es el ejemplo del Centro Cultural Graffito de Cali, Colombia o la Fundación Quito Eterno de Ecuador. Javier Cevallos, gestor cultural y Director de Quito Eterno,  explica que toda organización, por más social que sea su misión, debe prever y tener un área comercial, trazarse metas viables y estrategias claras, esto es lo que permitirá que se pueda autogestionar un proyecto y vivir de él. Sostiene su argumento con la necesidad de dejar de lado los prejuicios de que el dinero no tiene nada que ver con este tipo de proyectos sociales culturales, no obstante, aclara que no es el fin último. Tal como señala Rubén Lorenzo de Basurama, es importante tener una estructura económica coherente con el proyecto y que esa estructura económica sea la base sobre la cual sentar un proyecto cultural y social, más no como el objetivo final. Es decir, el emprendimiento social debe contar con una estructura económica que sirva como un respaldo para lograr levantarlo, que perdure, sea sostén de los emprendedores y provoque el impacto social que se busca, pero no como el objetivo o fin último. En este orden de ideas, podemos afirmar que el emprendimiento social cultural es aquel que se realiza con el ánimo de generar un impacto social y de bien común trabajando desde la base de una comunidad y en colectivo, a diferencia del "emprendimiento empresarial", que se caracteriza por trabajar desde lo “individual” y buscar fundamentalmente la generación de valor económico produciendo bienes y servicios destinados al mercado y en función del mismo.

Ahora bien, Juliana Barrero, economista y experta en ICC, define a los emprendedores sociales culturales como emprendedores que focalizan sus proyectos en función a una comunidad. Sus productos y servicios no están enfocados en primera instancia al mercado, sino más bien a la comunidad, para generar en primer lugar valor social y colaborativo y después valor monetario. De esta forma Juliana nos explica que dentro de las Industrias Creativas y Culturales existen dos tipos de emprendedores culturales. El uno es un emprendedor inclinado hacia las ICC, con un enfoque más productivo y de mercado. Genera bienes y servicios en torno a la cultura pero bajo parámetros de utilidad y rentabilidad, pues su interés es la generación de valor económico y no necesariamente generar un capital social directo. Aquí se encuentran productoras de música, cine, editoriales, revistas, etc.  El otro es un emprendedor social con tendencia a una producción más social, con un fin más cercano a la comunidad y más enfocado hacia la parte creativa con otros colectivos. La motivación no está basada en la producción de bienes y servicios culturales dirigidos al mercado, sino en la generación de un capital social directo; por ejemplo, radios comunitarias, festivales de música, festivales de arte, etc.

Conclusiones de esta segunda entrega:  el emprendedor social cultural en red entiende los procesos y acciones desde una base colectiva, por su lado, el emprendedor convencional dirige sus operaciones a partir de una base individual. En otras palabras, el emprendimiento social cultural busca encontrar atender las carencias que una comunidad plantea, trabajando de la mano con la misma, y el empresarial crea “necesidades” a la sociedad para que ésta la solvente a través de un producto o servicio que se comercializa en el mercado. Por otra parte, el emprendedor social cultural es capaz de generar recursos a través de procesos de creación, provocando trueques, participación colectiva, trabajo colaborativo, etc. sin necesidad de pasar por el mercado.  En consecuencia, una habilidad innata de estos emprendedores es la creación de valor social a través de lo colectivo y su beneficio está en generar capital social para la comunidad. Si bien un emprendedor cultural productivo también puede generar capital social, el emprendedor cultural social lo hace de manera directa y rápida, estableciendo altos grados de confianza al trabajar en conjunto y estrechamente con una comunidad. Cabe resaltar que estos emprendimientos sociales y culturales son validados por la comunidad y también se sostendrán en la medida que ésta responda y colabore en torno a ellos. No obstante, no se puede olvidar que es oportuno y conveniente sacar adelante un proyecto social cultural que sea solvente y perdurable, a partir de un enfoque productivo, estableciendo estrategias administrativas y directrices comerciales, sin que esto signifique que pierda su esencia y fin último. 


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